19 de septiembre de 2017

Apocalipsis y Supervivencia*

Consideraciones sobre el libro «Critica dell’utopia capitale» de Giorgio Cesarano y la experiencia de la corriente comunista radical en Italia

Francesco Santini (1994)

Este es uno de aquellos textos -geniales y brutales, brillantes y cortopunzantes- con los cuales uno se siente conmovido y hasta identificado, porque te resulta significativo, como si mucho antes de tí otro te hubiese tomado una fotografía del "alma" en determinado momento de esta (muerte en) vida, la hubiese "traducido" a palabra y luego regresado desde el pasado hasta el presente tan sólo para leértela en voz alta. Sí, voces. Voces que unas veces nublan, y otras encandilan. Causa ésta no poco frecuente de derrotas (incluidas disoluciones, deserciones y decepciones entre compañeros de lucha) y hasta de muertes, pero, al mismo tiempo, poco asumida y combatida dentro del propio movimiento revolucionario de la humanidad proletarizada y sufriente; en este caso, no sólo debido al sufrimiento de no tener trabajo ni dinero para comer, sino también al sufrimiento psíquico que puede terminar en el aislamiento, la "locura" y el suicidio. De hecho, hoy en día se registra a nivel mundial más de 800 000 personas muertas por suicidio cada año (1 suicidio cada 40 segundos). Un "anatema", "peste" y "apocalipsis" que, silencioso e inmisericorde, nos azota y decapita generación tras generación, en todas partes. Tragedia proletaria, a veces lúcida y épica (locura proletaria que se hace un harakiri o que se lanza al río anclada a su propia roca), de la cual Guy Debord ya hubo de dejarnos testimonio en "In girum imus nocte et consumimur igni" (1978) y años más tarde (1994) con su propio suicidio: "Y un día aciago incluso el jugador más bello que había entre nosotros se perdió en los bosques de la locura. No hay mayor locura que la organización actual de la vida. [...] «¿Dónde están los galanes / a los que antaño seguí?» Unos están muertos; otro vivió más de prisa todavía, hasta que se cerraron tras de él las rejas de la demencia." Entonces, como proletarios -y como "locos"- que se saben tales y quieren dejar de serlo, contra todo ello también hay que luchar no sólo para sobrevivir -que es lo mismo que no morir-, sino para vivir humana, sana y plenamente. (Nota de Ex-PR, septiembre 2017)

***

... «Apocalipsis y sobrevivencia», al profundizar en la relación entre teoría y práctica durante ese período, pone de manifiesto una dimensión casi siempre pasada por alto por la crítica radical: el hecho de que en períodos de intensa actividad revolucionaria la experiencia exaltante de romper con el viejo mundo se combina en la vida de la gente con el temor de lanzarse a lo desconocido, con el sufrimiento de ver destrozada la seguridad de sus propios hábitos y relaciones, con la necesidad de hacer sacrificios y de entrar en compromisos, con el sinsabor de las intrigas políticas y los choques ideológicos… todas esas cosas que hacen de las revoluciones algo más que una “gran fiesta”. En vez de reiterar la típica letanía simplificadora que pone al proletariado de un lado y a la reacción del otro, el autor mete el dedo en las tensiones explosivas que sacudieron las vidas de los revolucionarios en ese tiempo; así como en las conflictivas relaciones mutuas sostenidas por diversas corrientes al interior del movimiento proletario. (Introducción del traductor, Comunización, 2010)

***

... 2. La "corriente radical" y el suicidio de Giorgio Cesarano 

Al lector de «Critica dell’utopia capitale» no puede dejar de impresionarle el suicidio de Giorgio Cesarano, a los cuarenta y siete años, precisamente cuando luchaba para producir su obra más importante. Al momento del suicidio su trabajo teórico estaba en pleno apogeo. Su muerte interrumpió una investigación que estaba abierta, en un momento en que se desarrollaban duras controversias y cuando aún eran posibles colaboraciones fructíferas y nuevos encuentros. El 77 estaba a la vuelta de la esquina y Cesarano ya entreveía la posibilidad de un compromiso "práctico" personal que le abriese las puertas a la acción, que a él le resultaba más apremiante que la comunicación teórica. Ya en esa época participaba en «Puzz» (revista publicada por el núcleo informal Situazione Creativa de Quarto Oggiaro) y quería continuar y profundizar esa colaboración. 

En la primavera del 75 los jóvenes de Quarto Oggiaro ya estaban comprometidos en la lucha callejera (junto a una naciente "Autonomia Operaia" [Autonomía Obrera]): aunque sólo fuese por unos pocos días, en Milán reaparecieron las barricadas. Durante todo el 75 y el 76 se manifestaron, en diversas ocasiones, agrupamientos espontáneos de "radicales" que ya constituían un punto de referencia para varias publicaciones aparecidas en ese período en varias ciudades de Italia. A los veteranos del largo ciclo de lucha de los sesenta se sumó finalmente un buen número de jóvenes. La "corriente radical" empezaba a hacerse sentir, atrayendo también a muchos descontentos de la Autonomia Operaia, de la universidad, de las asambleas y de la calle; y en vísperas del 77 empezaba a ser nuevamente una presencia crítica central que contaba con una difusa red de contactos.

En ese ambiente, en general muy favorable, se hizo sentir la falta de Cesarano: al incremento numérico no correspondía un incremento teórico-crítico. [...]

Más allá de su historia personal, ese acto desesperado se basa en las limitaciones de una corriente que poco tiempo después iba a poner de manifiesto su propia crisis.

Uno de los contenidos característicos desarrollados por el autor del «Manuale di sopravvivenza» es la necesidad de pasar la "prueba" que, en períodos de escasa tensión social, se impone a todo revolucionario: resistir, mientras dure el “entreacto” de la revolución, el asalto homicida de los fantasmas de la culpa, la soledad que lleva a la confusión, las alucinaciones y extravíos que llevan a la locura, el retorno a los roles habituales, económicos y familiares, que se creían ya superados. Giorgio Cesarano, profundamente conmocionado por el suicidio de su querido amigo y compañero Eddie Ginosa, puso de relieve los peligros que corre el revolucionario cuando no puede reconocerse en un proceso de lucha social y se pierde en la realidad alucinatoria y omnipresente del proceso de valorización capitalista, respecto del cual se percibe como un irreductible otro. En ese momento puede sentir la realidad como algo ajeno y experimentar su propia rabia, su propia revuelta, como algo completo, exclusivo y único, es decir, de una manera patológica. Es por ello que el aislamiento puede constituir un riesgo mortal, frente al cual el revolucionario debe tener la lucidez y la distancia necesaria para encontrar sus propias razones, y para entender que sus razones son las de todos:

«[…] la función biológica de la revuelta nacida de cada experimentación individual es que cada cual reconozca su práctica como genérica y ajena a la teoría dada. Los hombres no carecen ni de la fuerza ni de la lucidez de la crítica práctica. No existe “persona” que no conozca por sí misma los contornos de la pesadilla que, pese a todo, llamamos vida. Lo aparente, en tanto que apariencia, no puede retener ni el menor rastro de una mirada que sepa traspasar el falso muro de la individualidad sufriente, que sepa aferrar, entre este yo y el yo que designa al tú, los terribles signos de la destrucción de la vida, las grietas a través de las cuales se puede finalmente reconocer lo que es siempre patente, visible: la identidad de la mutilación paradojalmente aceptada por todos en nombre de la identidad de cada cual como diferente y específico. La verdad trivial de estar todos absolutamente despojados de identidad real –identidad con la necesidad de ser, con el deseo de amar– a cambio de una identidad absolutamente carcelaria, nouménica en la forma y numérica en la sustancia. La necesidad de ser es la necesidad elemental, banal; el sufrimiento de no ser es asimismo elemental y banal. El problema es “los demás”, el “reino” laberíntico que no es vida de nada ni de nadie, y que afirma ser la vida del todo, y el todo de todos…»

…con tal de extraer de ellos infelicidad y desesperación, arrebatándoles la fuerza inconmensurable de una iniciación revolucionaria a la pasión y a la vida.

Al haberse ocupado de la totalidad y centrado su interés en la crítica de la vida cotidiana y en la experimentación que condujera al éxtasis, la corriente radical tuvo que pagar un precio muy alto a la contrarrevolución, sufriendo inexorablemente la autodestrucción de los individuos más apasionados, los que más genuinamente disfrutaban de la vida y los que más incapaces eran de adaptarse a la penumbra sin esperanza de la cotidianidad del capital. A diferencia de otras tendencias contemporáneas -que ahora son nuestros "enemigos"- la tendencia comunista radical no fue masacrada por la represión, ni se cuentan en sus filas elementos infames y disociados: en conjunto, no ha renegado de sí misma. Aparte de los muy pocos que han "traicionado" al cooperar formalmente con las ideologías y organizaciones políticas del capital, la mayoría de nosotros hemos abandonado la perspectiva revolucionaria a la inercia y al conformismo, o al resentimiento acumulado (hacia el proletariado que no quiere devenir revolucionario, o hacia los compañeros más brillantes y admirados en los que reposaba nuestra confianza y que demasiado a menudo no supieron ser fieles a su crítica sin concesiones, a veces despiadada, de lo existente, ni tuvieron la eficacia suficiente para armar su ira). Pero aquellos que consideraban la pasión revolucionaria como una fuerza "biológica", una energía profundamente arraigada en su ser, han seguido tejiendo la tela de Penélope de la teoría y experimentando soluciones que les permitan sobrevivir y escapar de cualquier forma a la invasión de un presente opaco y engañoso. Algunos se arrojaron a aventuras "románticas" en países exóticos, aunque sin ampararse en la ideología de la "aventura” turística. Otros han aliviado su nostalgia recurriendo a la delincuencia. Muchos han muerto, algunos están en la cárcel. La mayoría en todo caso han "terminado mal", como tenía que ocurrirle a unos individuos desprovistos de riquezas o de un "savoir vivre" [saber vivir] acumulado, y que, en cualquier caso, nunca tuvieron el menor interés en ser exitosos en este mundo...

(Francesco Santini, 1994.) 

Leer el texto completo
___________________________________________________________________

* NOTA: A falta de otro blog, las publicaciones posteriores a mayo de 2016 en este blog ya NO son de PR, grupo autodisuelto o que ya no existe, sino solamente de uno de sus ex-integrantes. (Ex-PR, septiembre 2017)

18 de septiembre de 2017

Sobre la organización: las mafias (dentro y fuera del Estado) y el Estado como mafia*

Jacques Camatte & Gianni Collu

Esta carta de 1972 fue traducida al castellano y publicada por los editores de la revista Correo Proletario, para su número 2 de marzo 2008. Allí el texto aparece precedido de una “Introducción a Jacques Camatte y el grupo Invariance” y de una nota editorial titulada “La exigencia organizacional y la lucha de clases”. Por ahora nos limitamos a poner el texto de Camatte/Collu, y dejamos para una próxima edición la entrega de esos dos materiales complementarios, que pueden leerse en correoproletario.blogspot.com. (Nota de Comunización, 2010)

***

INTRODUCCIÓN

La carta que sigue (del 04/09/1969) llevó a la disolución del grupo que se comenzó a formar en base a las posiciones expuestas en Invariance (i) y abrió un importante campo, de reflexión y debate, que persiste hasta hoy. Algunas de sus conclusiones ya fueron discutidas en"Transition" No 8 (ii), serie 1.

Aunque ciertos problemas revelados por la carta hayan sido parcialmente tratados, otros fueron mal abordados. Es, pues, necesario –dada la importancia de hacer una ruptura más clara con el pasado– ahora publicarla, de modo que el lector evalúe la obra ya realizada y lo que resta por hacer.

Puesto que es simultáneamente una ruptura (y así una conclusión) y un punto de partida, la carta contiene un cierto número de imprecisiones, gérmenes de posibles errores. Indicaremos los más importantes con una nota. Dicho sea de paso, dado que fue posible para nosotros por entonces, cuando rechazamos el método de grupo, esbozar “concretamente” cómo ser revolucionarios, nuestro rechazo del grupo pequeño podría ser interpretado como la vuelta a un individualismo más o menos stirneriano (iii). O como si de ahora en adelante la única certeza fuese la subjetividad cultivada de cada individuo revolucionario. ¡Nada de eso! Era necesario rechazar públicamente una cierta percepción de la realidad social y la práctica ligada a ella, pues son un punto de partida para el proceso de formación de mafias. Si abandonamos totalmente el movimiento grupuscular fue para, simultáneamente, ser capaces de relacionarnos con otros revolucionarios que hayan hecho una ruptura análoga. Ahora, habría una producción directa de revolucionarios que sobrepasa el punto en que estábamos cuando rompimos. Así, se habría pensado en términos de una potencial “unificación” si no estuviésemos llevando la ruptura con el punto de vista político hasta las profundidades de nuestras conciencias individuales.

Dado que la esencia de la política es la representación, cada grupo está siempre tentado a proyectar una imagen espectacular sobre la tela social. Los grupos están siempre explicando cómo se representan en vista de ser reconocidos por ciertas personas como la vanguardia que representa a otros, la clase. Esto se hace manifiesto en los famosos “lo que nos distingue” de varios pequeños grupos en busca de reconocimiento. Toda delimitación es limitación y, con frecuencia, rápidamente se reduce a algunos slogans de representación destinados al espectáculo de algarabía ideológica. Toda representación política es antesala y obstáculo para una fusión de fuerzas. Una vez que la representación puede darse tanto a nivel individual como grupal, refugiarse en el primer nivel sería, para nosotros, una repetición del pasado.

Camatte, 1972.
[...]

POST-SCRIPTUM

Hablar de retomar una actitud adoptada por Marx en cierto momento de su actividad revolucionaria resultó de una profunda incapacidad de comprender que la fase de dominación [subsunción] formal había sido completada. Marx había de tomar aquella posición, que sólo era válida para aquel período. Dicho sea de paso, su posición teórica sobre la cuestión del partido no es tan rígida como la carta indica. Lo que es todavía menos aceptable en las afirmaciones hechas más arriba es que ellas podrían llevar a una nueva teoría de la consciencia venida desde fuera, una teoría elitista del desarrollo del movimiento revolucionario.

El rechazo de toda organización no es una simple posición antiorganizacional, ni la manifestación de un deseo de originalidad, de diferenciarse y así alcanzar una posición para atraer a las personas. Si así fuese, el proceso de formación de bandos recomenzaría. 

Nuestra posición sobre la disolución de los grupos deriva, por un lado, del estudio del llegar-a-ser del modo de producción capitalista; por otro, de nuestra caracterización del movimiento de Mayo [de 1968]. Estamos profundamente convencidos de que el fenómeno revolucionario está en movimiento y que, como siempre, la consciencia viene después de la acción. Esto significa que, en el vasto movimiento de rebelión contra el capital, los revolucionarios tenderán a adoptar un determinado comportamiento -que no será adquirido por completo, ni inmediatamente- compatible con la lucha decisiva y determinante contra el capital.

Podemos prever el contenido de esa "organización". Ella combinará la aspiración a la comunidad humana con la afirmación individual, combinación que es característica de la actual fase revolucionaria. Objetivará la reconciliación del hombre con la naturaleza, la revolución comunista siendo también una revuelta de la naturaleza (o sea, contra el capital; además ella ocurre mediante una nueva relación con la naturaleza) a la cual seremos capaces de sobrevivir, para evitar la segunda de las dos alternativas que enfrentamos hoy: comunismo o destrucción de la especie humana.

Para comprender mejor este llegar-a-ser organizacional, bien como facilitarlo sin inhibir sea lo que fuera, es importante rechazar todas las viejas formas y entrar, sin principios a priori, en el vasto movimiento de nuestra liberación, que se desarrolla a escala mundial. Es necesario eliminar todo que lo que puede transformarse en un obstáculo al movimiento revolucionario. En circunstancias dadas y en el curso de acciones específicas, la corriente revolucionaria será estructurada y se estructurará no sólo pasivamente, espontáneamente, sino siempre dirigiendo el esfuerzo hacia el problema de cómo realizar la verdadera Gemeinwesen (esencia común/comunidad humana) y el hombre social, lo que implica la reconciliación del hombre con la naturaleza.

Camatte, 1972.

Leer el texto completo 1 (trad. Correo Proletario, 2008)
Leer el texto completo 2 (trad. Federico Corriente, 2017)

__________________________________________________________________________________________

* NOTA: A falta de otro blog, las publicaciones posteriores a mayo de 2016 en este blog ya NO son de PR, grupo autodisuelto o que ya no existe, sino solamente de uno de sus ex-integrantes. (Ex-PR, septiembre 2017)

La impotencia del Grupo Revolucionario*

Sam Moss

Este artículo fue publicado por primera vez en la década de 1930 en Correspondencia Consejista Internacional. Traducido del inglés por Ricardo Fuego en diciembre de 2005. La versión original fue tomada de la página Collective Action Notes (http://www.geocities.com/CapitolHill/Lobby/2379/index.html)

I

La diferencia entre las organizaciones radicales y las amplias masas aparece como una diferencia de objetivos. La primera aparentemente busca acabar con el capitalismo; las masas sólo buscan mantener sus niveles de vida dentro del capitalismo. Los grupos revolucionarios hacen campaña a favor de la abolición de la propiedad privada; las personas, lo que se llama las masas, poseen una pequeña porción de propiedad privada, o esperan poseerla algún día. Los que tienen mentalidad comunista luchan por la erradicación del sistema de ganancia; las masas, con mentalidad capitalista, hablan del derecho de los jefes a una "ganancia justa". Mientras una mayoría relativamente grande de los obreros estadounidenses mantenga las condiciones de vida a las que están acostumbrados, y dispongan de ocio para disfrutar de sus principales placeres, como el béisbol y las películas, generalmente están bien contentos, y están agradecidos con el sistema que hace estas cosas posibles. El radical, que se opone a este sistema y que por lo tanto pone en peligro su posición dentro de él, es mucho más peligroso para ellos que los jefes que les pagan, y no vacilan en hacer un mártir de él. Mientras el sistema satisfaga sus necesidades básicas en la manera acostumbrada, están bien satisfechos con él y todos los males que ven en la sociedad, lo atribuyen a "jefes injustos", "malos administradores" o otros individuos.

Los pequeños grupos radicales - "intelectuales" que se han "elevado al nivel de comprender a los movimientos históricos como un todo", y quienes siguen la pista de los males sociales hacia el sistema en vez de hacia los individuos - ven más allá de los objetivos de los obreros, y se dan cuenta de que las necesidades básicas de la clase obrera no pueden ser satisfechas por más de un período temporal bajo el capitalismo, y que cada concesión que el Capital cede ante el Trabajo sólo sirve para posponer la lucha a muerte entre estos adversarios. Por lo tanto - al menos en teoría - los grupos radicales luchan continuamente por convertir la pelea por demandas inmediatas en una pelea contra el sistema. Pero al lado de las realidades de pan y mantequilla que el capitalismo todavía puede ofrecer a una mayoría de los obreros, los radicales solamente pueden presentar esperanzas e ideas, y los obreros abandonan su pelea en el momento en que sus demandas son atendidas.

La razón para la aparente diferencia de objetivos entre los grupos revolucionarios y la clase obrera es fácil de comprender. La clase obrera, preocupada solamente por las necesidades del momento y en general contenta con su status social, refleja el nivel de la cultura capitalista - una cultura que es "para la enorme mayoría un simple entrenamiento para actuar como una máquina". Los revolucionarios, sin embargo, son por así decirlo desviaciones de la clase obrera; son los subproductos del capitalismo; representan casos aislados de obreros que, debido a las circunstancias únicas en sus vidas individuales, se han bifurcado del curso acostumbrado de desarrollo en el sentido que, aunque provenientes de los esclavos asalariados, han adquirido un interés intelectual, que se ha servido de las posibilidades educativas existentes. Aunque de éstos, muchos hayan conseguido ascender a la pequeñaburguesía, los otros, cuyas carreras en esta dirección fueron bloqueadas por las circunstancias han permanecido dentro de la clase obrera como obreros intelectuales. Insatisfechos con su status social como apéndices a máquinas, ellos, incapaces de ascender dentro del sistema, se vuelven contra él. Muy frecuentemente desprovistos de asociación entre sus compañeros de trabajo, que no comparten sus puntos de vista radicales, se unen con otros obreros intelectuales rebeldes y con otros profesionales fallidos de otros estratos de la sociedad, en organizaciones para cambiar la sociedad. Si, en su pelea por liberar a las masas de la esclavitud asalariada, parecen estar actuando desde el más noble de los motivos, indudablemente no se tarda mucho en ver que cuando uno sufre por otro solamente ha identificado la pena de ese otro con la suya propia. Pero apenas tienen la oportunidad de ascender dentro de la sociedad existente, con excepciones infrecuentes, no vacilan en abandonar sus objetivos revolucionarios. Y cuando lo hacen, ofrecen una lógica sincera y sana para su apostasía ya que, "¿Acaso se requiere de una honda intuición para comprender que las ideas de un hombre cambian junto con cada cambio en su existencia material?". Colaterales (Sports) en el desarrollo del capitalismo, las organizaciones revolucionarias, pequeñas e ineficaces, zumbando por los flancos de las amplias masas, no han hecho nada por afectar el curso de la historia tanto para bien o para mal. Sus períodos ocasionales de actividad solamente pueden ser explicados por su temporal o permanente renuncia a sus objetivos revolucionarios para unirse a las demandas inmediatas de los obreros, ya que entonces no era su propio papel revolucionario el que interpretaban, sino el papel conservador de la clase obrera. Cuando los obreros consiguieron sus objetivos, los grupos radicales cayeron otra vez en la impotencia. Su papel siempre fue suplementario, nunca decisivo.

II

Es la convicción del autor que los días del partido revolucionario están acabados; los grupos revolucionarios bajo las condiciones actuales son tolerados, o más bien ignorados, solamente mientras son impotentes; esa nada es tan sintomática de su impotencia como el hecho de que se les permita existir. A menudo hemos afirmado que la clase obrera -que perdurará mientras dure el capitalismo y que no puede ser extinguida bajo este sistema- puede dar una pelea exitosa contra el capitalismo por sí misma y que la iniciativa no puede ser tomada de sus manos. Podemos añadir aquí después de todo que el conservadurismo actual de la clase obrera solamente refleja la fuerza todavía enorme del capitalismo, y que este poder material no puede ser destruido por la propaganda sino por un poder material más grande que el del capital.

Sin embargo de vez en cuando los miembros de nuestro propio grupo traen a colación el tema de la inactividad del grupo. Declaran que, aislados como estamos de la lucha de clases como es emprendida hoy, somos esencialmente simples grupos de estudio que estarán completamente apartados de los eventos cuando sobrevengan los levantamientos sociales. Afirman que debido a que la lucha de clases es omnipresente en el capitalismo nos corresponde como organización revolucionaria profundizar la guerra de clases. Pero no sugieren ningún curso específico de acción. El hecho de que todas las otras organizaciones radicales en el campo, aunque luchen por superar su aislamiento son no obstante sectas marxistas insignificantes como nosotros, no convence a nuestros críticos de la inutilidad de toda acción que los grupos pequeños pueden tomar.

La afirmación muy general de que la guerra de clases está siempre presente y que debemos profundizarla, es hecha antes que nada asumiendo que la lucha de clases es una lucha revolucionaria, pero el hecho es que los obreros como masa son conservadores. Se asume que la guerra de clases apunta directamente al debilitamiento del capitalismo, pero el hecho es que, aunque sirve a este propósito final, apunta directamente a la posición de los obreros dentro de la sociedad. Además, la verdadera lucha de clases no se lleva a cabo a través de organizaciones revolucionarias. Se lleva a cabo en las fábricas y a través de los sindicatos.

Hoy en Estados Unidos se está llevando a cabo por tales organizaciones como la A.F.L. y la C.I.O.*, y aunque aquí y allá al otro lado del continente surgen huelgas esporádicas que son proscriptas por todas las organizaciones conservadoras existentes y que indican la forma que la guerra de clases puede tomar cuando todas estas organizaciones sean completamente mutiladas por el Estado, estos movimientos de los obreros son infrecuentes y aislados hoy en día. Es cierto, el liderazgo de tanto la C.I.O. como la A.F.L. es conservador, pero así también lo son los miembros de ambos sindicatos. Para conservar sus miembros y atraer a más obreros, los sindicatos deben arrebatar concesiones de la clase capitalista para sí; los obreros permanecen en los sindicatos sólo porque obtienen tales concesiones a través de ellos; y hasta el punto en que obtienen tales concesiones para los obreros, los sindicatos están llevando a cabo la lucha de clases. Si, por lo tanto, vamos a lanzarnos a la lucha de clases, debemos ir adonde la lucha tenga lugar. Debemos concentrarnos o en las fábricas o en los sindicatos o en ambos. Si lo hacemos, debemos abandonar, por lo menos en demasiada proporción, nuestros principios revolucionarios, porque si les damos expresión, seremos rápidamente dados de baja del trabajo y expulsados del sindicato, y, en una palabra, aislados de la lucha de clases y devueltos precipitadamente a nuestro previo estado impotente. Ser activo en la lucha de clases significa, entonces, ser tan conservador como la mayor parte de los obreros. En otras palabras, tan pronto como entramos en la lucha de clases no podemos aportar nada especial hacia ella. La única alternativa a este curso es continuar como lo que somos, aferrándonos impotentemente a nuestros principios. Sin importar qué curso persigamos, es obvio que no podemos afectar el curso de los eventos. Nuestra impotencia ilustra lo que deber ser obvio para todos: Que la historia es hecha solamente por las amplias masas.

Los Grupos de Comunistas de Consejos se distinguen de todos los otros grupos revolucionarios en que no se consideran a sí mismos la vanguardia de los obreros, ni los líderes de los obreros, sino como parte del movimiento de los obreros. Pero esta diferencia entre nuestra organización y las otras es solamente una diferencia ideológica, y no refleja ninguna diferencia material correspondiente. En la práctica somos en realidad como todos los otros grupos. De la misma manera que ellos, funcionamos fuera de las esferas de la producción, donde la lucha de clases se lleva a cabo; de la misma manera que ellos, estamos aislados de la masa de los obreros. Solamente diferimos en la ideología con todos los otros grupos, pero al fin de cuentas es solamente en la ideología sobre lo que todos los otros grupos difieren. Prácticamente no hay ninguna diferencia entre todos los grupos. Y si siguiéramos la sugerencia de nuestros críticos y "profundizáramos la lucha de clases", nuestra carácter "leninista" se haría muy evidente. Supongamos, por ejemplo, que es posible para nosotros como un grupo independiente organizar a los obreros de alguna área industrial. El hecho que no se han movido por su cuenta sin nuestra ayuda quiere decir que son dependientes de nosotros para su iniciativa. Proporcionándoles la iniciativa, se la estamos quitando de sus manos. Si ellos descubren que somos capaces de darles el impulso inicial, dependerán de nosotros para los impulsos siguientes, y pronto nos encontraremos guiándolos paso a paso. Por lo tanto, aquellos que son partidarios de que "intensifiquemos" la guerra de clases no sólo están ignorando las condiciones objetivas que hacen tal acto cuestionable, sino que están advocando por nuestro liderazgo sobre las masas. Por supuesto, pueden argumentar que, dándonos cuenta de los males de tal curso, podemos advertir contra ellos. Pero este argumento se encuentra otra vez en un nivel ideológico. Prácticamente, seremos obligados a adaptarnos a las circunstancias. Por lo tanto, se hace obvio que por tal práctica funcionaríamos de la misma manera que un grupo leninista, y solamente podríamos producir como máximo los resultados del leninismo. Sin embargo, la impotencia de los grupos leninistas existentes indica incluso la improbabilidad del éxito de tal curso, y señala una vez más la obsolescencia de grupos revolucionarios pequeños con respecto a las necesidades proletarias reales, una condición que quizás pronostique el día cercano cuando será objetivamente imposible para cualquier grupo pequeño asumir el liderazgo de las masas solamente para ser forzado al final a explotarlas para sus propias necesidades. La clase obrera por sí sola puede dar la lucha revolucionaria de la misma manera que hoy lo está haciendo con la lucha de clases no revolucionaria, y la razón por la que los obreros rebeldes con conciencia de clase se juntan en grupos afuera de las esferas de la verdadera lucha de clases es solamente que aún no hay movimiento revolucionario dentro de ellas. Su existencia como grupos pequeños, por lo tanto, refleja, no una situación favorable a la revolución, sino más bien una situación no revolucionaria. Cuando la revolución realmente venga, sus números serán ocultados dentro de ella, no como organizaciones funcionando, sino como obreros individuales.

Pero aunque las condiciones objetivas no permitan ninguna diferencia práctica entre nosotros y las otras organizaciones revolucionarias, podemos al menos mantener nuestras diferencias ideológicas. Por lo tanto, mientras todos los grupos ven la revolución en las situaciones más imposibles y creen que todo lo que falta para la revolución es un grupo con la "línea marxista correcta"; mientras, en una palabra, exageran la importancia de las ideas, e incidentalmente de sí mismos como portadores de esas ideas - una actitud que refleja sus proclividades carreristas - nosotros deseamos ver la verdad de cada situación. Vemos que la lucha de clases todavía es hoy conservadora; que la sociedad no sólo es caracterizada por esta lucha en particular sino por una multiplicidad de luchas, que varía con la multiplicidad de los estratos dentro del sistema, y que hasta ahora ha influenciado la contienda entre el Capital y el Trabajo en pro del primero.

Pero debido a que no vemos simplemente la situación inmediata sino también sus tendencias internas, nos damos cuenta de que las dificultades del capitalismo aumentan progresivamente y que los medios para satisfacer incluso los deseos inmediatos de la clase obrera disminuyen continuamente. Reconocemos eso como un fenómeno concomitante de la no rentabilidad creciente del capitalismo, es la nivelación progresiva de las divisiones dentro de las dos clases, cuando los capitalistas expropian a capitalistas en la clase alta, y, en la clase baja, cuando los medios de subsistencia, cuanto más extendidos mejor, son repartidos más y más uniformemente entre las masas, por el bien de evitar la catástrofe social que sobrevendría de la incapacidad de satisfacerlas. Mientras estos desarrollos están teniendo lugar, los objetivos divididos de la clase alta están convergiendo hacia un objetivo; la preservación del sistema capitalista de explotación; y los objetivos divididos de los obreros están, a pesar de la creciente confusión ideológica, convergiendo hacia un objetivo: un cambio fundamental de las actuales formas socioeconómicas de vida. Sólo en ese momento dejaremos de ser sólo otro estrato de la clase obrera, o más bien un retoño, y nos fundiremos realmente con la totalidad de la clase obrera, cuando nuestros objetivos se unan con los suyos y nos perdamos a nosotros mismos en la lucha revolucionaria.

Pero puede plantearse esta pregunta: ¿porqué, entonces, dándose cuenta de la inutilidad del acto, ustedes se juntan en grupos? La respuesta es sencillamente que el acto sirve a una necesidad personal. Es inevitable que hombres que comparten un sentimiento común de rebelión contra una sociedad que vive de acuerdo con la explotación y la guerra busquen a otros como ellos en la sociedad, y a cualquier arma que caiga a su comando. Incapaces de rebelarse contra el sistema con el resto de la población, se opondrán a él solos. El hecho de que participen en tal acción sin importar lo fútil que pueda parecer establece la base para predecir que cuando las grandes masas, reaccionando a los apremios de la situación objetivamente revolucionaria, se sientan similarmente afectadas, también se agruparán movilizadas por la misma urgencia y ellas también usarán cualquier arma que tengan a su disposición. Cuando lo hagan, no se levantarán por factores ideológicos, sino por necesidad, y sus ideologías solamente reflejarán entonces las necesidades, de la misma manera en que sus actuales ideologías burguesas reflejan la necesidad hoy.

La visión de la ineficacia revolucionaria de los grupos pequeños es tenida en cuenta como una visión pesimista por todas las organizaciones revolucionarias. ¿Y qué si esta visión demuestra la inevitabilidad de la revolución? ¿Y qué si señala el final objetivo de un liderazgo preestablecido de las masas, y el final eventual de toda explotación? Los grupos radicales no están contentos con esta imagen. No obtienen ningún placer del prospecto de un futuro donde ellos no tienen no más trascendencia que los seres humanos que les rodean, y condenan a tal visión del futuro como una filosofía del derrotismo. Pero en realidad solamente hemos hablado de la inutilidad de los pequeños grupos radicales; hemos sido bastante optimistas respecto al futuro de los obreros. Pero para todas las organizaciones radicales, si sus grupos están derrotados, y si sus grupos están moribundos, entonces todo está moribundo. En tales pronunciamentos por lo tanto revelan la verdadera motivación para su rebelión y el verdadero carácter de sus organizaciones. Nosotros, sin embargo, no deberíamos encontrar ninguna causa para la desesperación en la impotencia de estos grupos. Más bien deberíamos contemplar en ella la razón para el optimismo respecto al futuro de los obreros. Porque en esta misma atrofia de todos los grupos que dirigirían a las masas fuera del capitalismo hacia otra sociedad estamos viendo por primera vez en la historia el final objetivo de todo liderazgo político y de la división de la sociedad en categorías económicas y políticas.
___________________________________________________________________

* NOTA: A falta de otro blog, las publicaciones posteriores a mayo de 2016 en este blog ya NO son de PR, grupo autodisuelto o que ya no existe, sino solamente de uno de sus ex-integrantes. (Ex-PR, septiembre 2017)

1 de mayo de 2016

[Ecuador] ¡YA SALIÓ RUPTURA PROLETARIA NRO. 0!


RUPTURA PROLETARIA
Periódico de agitación comunista anárquico |
Territorio dominado por el Estado ecuatoriano |
Nro. 0 | Mayo 2016 


Contenido:

  • ¿Por qué Ruptura Proletaria?
  • 1º de Mayo contra los ataques del Capital-Estado. Sobre la reforma laboral en Ecuador 
  • 1º de Mayo: el proletariado mundial contra el trabajo asalariado
  • De la sala de clases a la lucha de clases
  • Terremoto en Ecuador: catástrofe social capitalista
  • Reforma laboral y disturbios en Francia
  • Sus guerras. Nuestras muertes
  • Carteles contra el sindicalismo y el trabajo asalariado
_____________________________________________________________________________________________________


1° DE MAYO CONTRA LOS ATAQUES DEL CAPITAL-ESTADO
 Sobre la reforma laboral en Ecuador
E

l gobierno progresista y ciudadanista de Correa ya no puede ocultar la existencia de la crisis capitalista ni evitar tomar medidas de “ajuste de cinturones” contra la clase trabajadora. Así, el 17 de marzo del presente año aprobó la “ley orgánica para la optimización de la jornada laboral y seguro de desempleo”, cuyo eje central es que las empresas que demuestren tener pérdidas van a poder reducir la jornada de trabajo de 8 a 6 horas diarias (de 40 a 30 horas semanales), pero asimismo el salario al valor de esas 6 horas; manteniendo, además, el aporte de los trabajadores al seguro social (al Estado) proporcional a 8 horas de trabajo, entre otras disposiciones del mismo calibre que tienen que ver con el “seguro de desempleo”, el “empleo juvenil” y la licencia de maternidad. Ese mismo día, hubo una protesta a las afueras de la Asamblea Nacional -blindada por la Policía Nacional- y, horas más tarde, una masiva marcha de los sindicatos de trabajadores -“sin incidentes”.

Esto acontece dentro de un contexto internacional y local marcado por la recesión económica y el aumento del desempleo y la inflación. Concretamente en el Ecuador, el PIB para este año crecerá sólo 0.1%, el presupuesto estatal se redujo 17%, la tasa de desempleo actual se ubica en 5.7% de la PEA, la de “empleo inadecuado” (subempleo, etc.) en 53.9%, y la de inflación en 4,05%, según el propio INEC. En resumidas cuentas, en este país hay cada vez más gente desempleada (incluyendo quienes escribimos esto), subempleada (sobre todo en la informalidad) y, para rematar, cada vez se hace más alto el costo de la vida.

Por lo tanto, esta reforma laboral es una medida estatal de austeridad que, para gestionar la crisis capitalista, ataca y deteriora aún más las actuales condiciones de trabajo y existencia de nuestra clase. Reducir la jornada laboral y el salario, y encima aumentar los precios de la canasta básica, implica aumentar la presión e intensidad del trabajo durante esa nueva jornada de 6 horas diarias, a la vez que depreciar el salario por debajo de su valor real; es decir, implica súper-explotar o aumentar la tasa de explotación de la clase proletaria para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia de la clase patronal. Mejor dicho, para los trabajadores asalariados-as esta medida significa más trabajo y menos dinero para poder sobrevivir, mientras que para los empresarios significa hacernos pagar su crisis y seguir enriqueciéndose a costa nuestra. Sin duda, se trata de un ataque histórico del Capital-Estado contra el proletariado que vive en este territorio. Demostrando que los verdaderos ladrones y violentos son ellos: los capitalistas; en este caso, con su terrorismo económico y legal, democrático.


No conformes con ello, el gobierno y los empresarios nos mienten con el discurso de la “protección del empleo digno” y del “evitar despidos y cierres”. Mientras que los sindicatos le oponen el iluso y reformista discurso de la “estabilidad laboral” y la “contratación colectiva” en tiempos de crisis, frente a esta nueva “precarización laboral”. En realidad, el “trabajo digno” y el “trabajo precario” no existen, porque el trabajo asalariado es precario o inestable por naturaleza y, fundamentalmente, porque es trabajo explotado y la explotación del hombre por el hombre no es digna más que para los explotadores y sus ideólogos variopintos. Tampoco es cierto que se va a evitar despidos, porque esta ha sido –y con fuerza- la tendencia real desde fines del 2015 hasta la presente fecha; y, sobre todo, porque el desempleo no es “circunstancial” ni mucho menos “por la nueva ley de aumento de impuestos” a ciertas empresas, sino que es estructural o necesario para este modo de producción, puesto que le permite aumentar la tasa de explotación de los trabajadores no despedidos y, en consecuencia, la tasa de ganancia empresarial. Sin desempleo no hay capitalismo, y viceversa.[1]

Entonces, frente a tal ataque burgués-estatal y a su falsa oposición socialdemócrata-sindical ¿qué hacer? Contraatacar como clase. Responder. Protestar, considerando y superando las limitaciones y contradicciones de una protesta como la del mismo 17 de marzo. No ponerse, pues, a negociar migajas a la patronal y su Estado (como las “13 propuestas alternativas” o la “demanda de inconstitucionalidad” de la ley por parte de los sindicatos). No luchar en su terreno, sino en nuestro propio terreno de clase. Así pues, más que defender los inestables puestos de trabajo y nuestras ya deterioradas condiciones de existencia (lo que, por sobrevivencia, se hace forzosamente necesario, pero no es ni debe ser lo único), se trata de defender nuestra fuerza de trabajo (ej.: nuestra salud), su valor real (que no nos paguen menos ni nos suban más los precios) y, principalmente, defender nuestras necesidades humanas (ej.: alimentación y vivienda) contra las necesidades de la economía capitalista, la cual no se merece ningún sacrificio de nuestra parte.

Estas reivindicaciones de clase hay que pelearlas de manera colectiva, organizada y en las calles, pero ya sin intermediarios o representantes: afuera y en contra no sólo de las instituciones capitalistas y estatales, sino también de los partidos y sindicatos de izquierda, porque las primeras nos explotan y los segundos negocian nuestra explotación. Luchar de manera autónoma y antagonista, de la mano con generalizar y radicalizar el conflicto. Las fuertes protestas y disturbios por parte de miles de proletarios-as en contra de la actual reforma laboral en Francia, son un buen ejemplo concreto de ello.

Asimismo vale pelear por mejores condiciones de vida para nosotros-as y nuestra prole, a presente y a futuro; pero teniendo claro, por un lado, que en el sistema capitalista el trabajo es la única forma socialmente impuesta que tenemos los proletarios de subvenir a nuestras necesidades y, en ese sentido, no tener trabajo significa simplemente reventar de hambre… Por lo tanto hay que comprender la exigencia de un empleo por parte del trabajador como la exigencia de la necesidad humana de alimentarse, de vestirse y de reproducirse, él y su familia.[2] Pero, por otro lado, la consigna de “trabajo para todos” (o de “trabajo digno” o “empleo adecuado”, da lo mismo) es utópica, prueba evidente de lo cual es que si el capital no ha conseguido realizar el “pleno empleo” a escala mundial en período de prosperidad, es imposible que lo haga en período de crisis. Tal consigna es reaccionaria… porque es la idealización y la negación de la naturaleza contradictoria del capital, que sólo puede desarrollar el trabajo desarrollando simultáneamente el desempleo y la miseria… Por eso, en lugar de la consigna reformista: «Un salario justo por una jornada de trabajo justa», Marx nos hablaba ya de enarbolar la consigna revolucionaria: «¡Abolición del trabajo asalariado!»

Verdadero contenido éste de aquel histórico y universal 1º de Mayo de 1886 que hoy conmemoramos luchando. La abolición del trabajo asalariado, empero, no significa que vayamos a dejar de producir o a no hacer nada, sino que, sobre la base material de la comunidad de bienes y la cooperación entre iguales, produzcamos para satisfacer solamente nuestras necesidades y deseos humanos y ya nunca más para la valorización del inhumano y vampiresco Capital; esto es, una sociedad sin explotadores ni explotados.



[1] Ahora bien, si esta reforma y quienes la disputan se preocupan tanto por el alto desempleo juvenil existente en este país (14.75%), y en cambio quieren “promover el empleo juvenil”, más que por obvias razones económicas, es porque en el fondo les aterra que a la larga ese proletariado juvenil sobrante para el aparato productivo pueda convertirse en una amenaza para la paz social burguesa y ciudadana.   
[2] Sólo los pequeñoburgueses mantenidos e ideologizados, hechos los lumpen y los “puros”, no comprenden y se dan el lujo adolescente de “rechazar” este hecho.

[Leer los otros artículos en el PDF]

 ¡SE AGRADECE LA DIFUSIÓN!